Arrechito murió cagando. - Por Gustavo Tovar

Por NotiCensura : lunes, octubre 13, 2014


El sabio proverbio del “arrechito”
Así como los chinos tienen sus sabios proverbios los venezolanos también tenemos nuestra sabiduría popular, más llana y picante, pero sabiduría a fin de cuentas.

Con la brutal balacera ocurrida entre miembros de los colectivos chavistas contra el brazo armado del madurismo que representan tanto el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) como el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) hay un dicho venezolano que brinca inclemente sobre nosotros: “Arrechito murió cagando”.

Murió Chávez quien era el más arrecho de todos los chavistas pidiendo clemencia a diosito y a todos los santos (quienes por alguna razón no lo escucharon); murió Robert Serra el más estridente chavista de la Asamblea Nacional consumido por el pánico ante la saña y maldad de sus verdugos maduristas; y acaba de morir emboscado el ultra chavista José Odremán minutos después de manifestar amenazante (arrechísimo) que si le sucedía cualquier cosa el culpable de su muerte sería, nada más y nada menos, que Miguel Rodríguez Torres.

En Venezuela ante la persecución que ha impuesto Maduro ni siquiera los chavistas más arrechos se salvan. Nadie.

¿Será que estamos dispuestos a morir como arrechitos?
Al menos yo no, espero que tú tampoco.

La mortal victoria del madurismo frente al chavismo.
Estoy más convencido que nunca de que Hugo Chávez fue asesinado por una conspiración de Fidel Castro con Nicolás Maduro, su intención fue la de controlar las riquezas de nuestro país -y al país-, y lo han logrado.

La evidencia es palpable: ¿Por qué los presidentes Dilma, Lula o Lugo logran sobrevivir a sus gravísimos cánceres y Chávez no lo logra pese a que su enfermedad era menor? ¿Qué pasó en Cuba? ¿Por qué tantas mentiras y secreto en cuanto a su tratamiento y muerte?.

Por un razón: ¡lo mataron!
Chávez nunca volvió a aparecer públicamente después de la última locución en la que proclamó como sucesor a su amado, “como la luna llena”, Nicolás. Nada se supo sobre él después, lo único que sabemos es que regresó inesperadamente al país y habló durante 5 horas con Nicolás Maduro estando entubado en terapia intensiva.

Chávez debía desaparecer una vez anunciado el sucesor, como ocurrió.

Después de ello los maduristas, en su reconocida torpeza, han inventado parodias para engañar e involucrar a la oposición con sus asesinatos. Derraman sangre de chavistas arrechos y planificadamente acusan a quien les viene en gana para confundir.

Los maduristas no buscan la verdad, buscan consolidarse en el poder. Sólo eso.

Luego de las muertes de Juancho Montoya, Robert Serra y José Odremán, y de observar las demenciales imputaciones que han inventado, minutos después de conocidos los hechos, llegamos a la conclusión de que todo estaba anticipadamente en sus planes.

Un chavista furibundo (muy arrecho) como es Mario Silva lo advirtió en su momento. No lo mataron físicamente, pero lo acribillaron moralmente que es peor.
Al final ¿quién traicionó a Silva? Un cubano, es decir, Fidel Castro.

Así son.

La guerra del fin del mundo
En Latinoamérica tenemos varias obras imprescindibles en la literatura, una de ellas es “La guerra del fin del mundo” del Nobel peruano Mario Vargas Llosa.
Junto a “Rayuela” de Cortazar, “Sobre héroes y tumbas” de Sábato, “Cien años de soledad” de García Márquez, “El Aleph” de Borges y “La región más transparente” de Fuentes, “La guerra del fin del mundo” marca un hito descriptivo de nuestra cultura a un tiempo graciosa y sublime, bochornosa y sangrienta.
Su vigencia y relación con el pandemonio que vivimos en Venezuela, en especial con la disparada demencia asesina de la última semana en Caracas, es abrumador. Recomiendo leerla cuanto antes y repasarla si ya lo han hecho, se sorprenderán.

En “La guerra del fin del mundo” Vargas Llosa narra un evento real -pero mágico, como la actual Venezuela- conocido como la Guerra de los Canudos que vivió el recién independizado Brasil de finales del siglo XIX.

La trama de la novela muestra una nación flagelada por la hambruna, las pestes, la criminalidad y el caos (como la actual Venezuela), en la que surge un líder carismático que se hace pasar por el Cristo de los pobres (como Chávez lo hizo) y quien crea entorno a él una secta socioreligiosa compuesta por bandoleros, asesinos y dementes llamados los Canudos (el chavismo de hoy) para “colectivamente” reivindicar las glorias perdidas de un pasado monárquico y la supremacía de emperador Pedro II (una especie de Fidel Castro de aquella época).

Los canudos -los chavistas- veneraban a su Mesías y por él estaban dispuestos a morir o matar, devorarse unos a otros si fuera necesario para mostrar su abnegación al líder infinito.

Una guerra de fin de mundo entre “arrechitos”. Lo desconsolador es que a muchos les da risa la anarquía cuando deberían de sentir sólo vergüenza.
Venezuela se anticipa al apocalipsis.

El “Infinito” traicionado
Peor que el caudillismo es el mesianismo, en Latinoamérica sólo ha causado guerra, orfandad, llanto y pobreza, involución moral y material, dolor mayor, como en el Brasil de los canudos y en la Venezuela de los chavistas.

Chávez, como Mesías, promovió la turbadora tesis de los chavistas arrechitos a quienes los maduristas están haciendo morir cagando.
El “Infinito”, el “Supremo”, nunca imaginó la traición. Nadie lo hizo, sólo Fidel Castro, que ojalá cuando lea esto, se arreche y se arreche para que su destino sea una encarnación del arrechito que muere cagando.

Vía Dólar Today 





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